Extraña alma viajera

marzo 17, 2009

No sé por qué a la gente no le gusta viajar en tren o en metro, a mi me resulta muy interesante. Supongo que debe ser porque siempre me pasa algo extraño o simplemente me fijo en la gente y descubro muchas cosas. Si tuviera que meterme dentro de una de las categorías de viajeros, sería sin duda ‘la que lleva el ipod a todo volumen y canta como si estuviera sola en el vagón sin importarle nada más’. La verdad es que también podría ser la que lee el libro o periódico del de al lado, la que habla por el móvil y hace partícipes a todos, la empanada, la que tontea con el chico, o hasta incluso la que se peina mirándose en la ventana cuando llega un túnel. Todos hemos pasado por eso.

Pero la chica ipod es lo más divertido. La gente me escucha, mira de reojo, sonríe, y hasta siguen la música con la cabeza, cuando no me miran con cara de ‘me estás molestando’ … a lo kyo respondo cantando más alto y haciendo algún que otro gritito. Eso sí, cuando estoy esperando en el andén, apago el ipod. Adoro la voz de Renfe. ‘Proper tren per la via 2 amb destinació: ¡Zaragoza Delicias!’, grita muy animosa la vocecilla. Siempre he querido ser una de esas voces. Sobretodo porque puedes poner un acento u otro según el sentimiento que te provoque el sitio. ‘Propera parada: Reus’, dice con acento de catalana de Reus cerrado, cerrado, y con voz de borde. ¡Qué ganas tengo de cambiar eso!. Pero lo que más me gusta es cuando recita todas las estaciones. Miras a la gente y ¡parece que hagan playback!, ‘Altafulla-Tamarit, Torredembarra, Sant Vicenç de Calders…’ ¡se las saben todas! y lo más curioso es que lo cantan en todos los idiomas, con acento y todo.

Llega el tren y la gente se desespera, corre, te empuja… es una lucha por no quedarse en el suelo y sobretodo, por el mejor sitio -que generalmente significa dos asientos vacíos con ventana-. No entiendo por qué lo hacemos, porque luego llega alguien y se sienta a tu lado, y encima no lo eliges tú. Supongo que es más divertido por la incertidumbre … la gente pasa por el pasillo y piensas: ¿se sentará el viejito, la chica joven y moderna o el negrito?. ¡Que empiecen las apuestas!. Tú miras y sonríes a la gente que pasa, como si quisieras que te escogieran -¡qué tontería!, ¿no?- y aún así pasan de largo. ¿Por qué? -te preguntas-, y agachas la cabeza. Eso sí, cuando llega tu compañero, nunca tiene desperdicio. A mi siempre me sorprende.

Soy un imán para los ‘frikis’. Cuando no se sienta a mi lado la mujer que me cuenta su vida entera -siempre dramática-, lo hace el que se queja de los servicios de Renfe, la niña que no me deja en paz y me tira de los pelos, el paki que quiere que quedemos algun día, o el travesti que quiere ser mi hermana. Sí, como lo digo. Nunca un viaje fue tan surrealista. Este chico, o chica, quería ser una mujer completa y para ello necesitaba que yo fuera su hermana y le prestara mi ropa. Se llamaba Amparo, y no paraba de preguntarme qué se sentía llevando medias o un sujetador. ‘Eres muy femenina’, me decía. Yo no sabía dónde meterme, pero era mejor seguirle el rollo, porque lo de ignorarlo/a, era imposible. Me metió un sermón sobre la sociedad intolerante con los travestis, la iglesia, y hasta me enseñó recortes de revistas con mujeres en las que quería convertirse.

Lo que yo no podía entender era que para sentirse mujer, necesitaba que lo/la mantuvieran. Cuando ya le convencí de que yo no podía ser su hermana y de que si apenas podía mantenerme a mi, menos la podía mantener a ella, me sacó miles de papelitos. En ellos, escritos con la letra movida por el tren tren, apelaba a viudas o divorciadas de más de 50 años y les ofrecía compañía y amistad, a cambio de que la dejaran ser mujer, siempre a su costa -claro- , y debajo estaba su número de teléfono. Se acercaba su parada y por fin se despedía: ‘entrega los papeles a la gente que conozcas y llámame para hacer un café algún día’, decía. Me despedí, no sin antes mostrarle mi desacuerdo sobre su idea de ser una mujer ‘mantenida’ y decirle que lo de las medias era un asco. Me pasé los últimos 15 minutos de viaje sola riéndome. La gente me miraba con cara de: ‘pobrecita, qué paliza le han pegado’, nadie deseaba estar en mi lugar, pero para mi fue toda una experiencia.

‘No hables con extraños’, dicen las madres antes de subirte a un tren. ‘Renfe es un asco’, en eso coincidimos todos. Cuando no llegas tarde, se incendia algo en un vagón, alguien se tira a las vías, tira de la palanca o hay problemas técnicos. Pero … ¿Qué anécdotas podría contar yo entonces?. Menos mal que mi madre no se conecta a internet, ni mucho menos lee mi ‘bló’, como ella lo llama.

Ahora me pica la curiosidad … ¿Qué tipo de viajero sois?

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Descubierta por un fax

marzo 3, 2009

Nada es lo que parece. Las fotocopisterías son en realidad una fuente de sabiduría, y si te atreves a enviar un fax, te regalan terapia gratis. Estas cosas pasan en Barcelona. Me dirigía a enviar mi factura mensual firmada al Indicador de Economía, el último día, como siempre. Fuí a la fotocopistería de al lado de casa, donde se encuentra un hombre misterioso, de tez oscura, del que no podría decir con exactitud su procedencia, pero no es de aquí, eso sí lo tengo claro.

El hombre de origen desconocido, siempre me echa una mirada profunda y suelta un: “¿qué va a ser hoy, guapa?”, con un acento extraño. Imprimir, firmar y mandar un fax, esa era mi intención. Rápido y fácil, si no fuera porque olvidé apuntar el número de fax. Llamé a mi jefe y me dió un número, después de preguntarme qué tal todo e invitarme a unas bravas … el fotocopistero no paraba de observarme.

Por fin consigo el número, firmo la factura y veo como coje el papel y arquea las cejas, moviendo la cabeza hacia atrás y hacia delante, mientras suelta un “interesante firma, y muy bonita”. Yo me hago la despistada y le pregunto qué ha dicho. “Estás diciendo muchas cosas con esta firma”, afirma el hombre mientras pone el papel en la máquina y marca el número de fax.

Mi curiosidad aumenta y le pregunto si sabe leer la firma, él asiente con la cabeza y me da un periódico. “Firma otra vez”. Yo nerviosa, pero siempre sonriente, acepto el reto. Firmo una y otra vez. Él sonríe. La máquina del fax no para de pitar, parece que no coje el número, pero a mi sólo me importa lo que el hombre sin origen ve en mi firma. “Eres una mujer bastante inteligente, a la que le gusta ser el centro de atención, pero por otro lado necesitas tu espacio y te gusta encerrarte en ti misma, ¿no es cierto?”. Yo no sabía dónde lo veía, así que me muestra los trazos ascendentes, descendentes de mi firma y mi espacio en forma de esfera.

“¿El fax no funciona?”, le pregunto para no meterme mucho en su universo y evitar que me mire tan profundamente. Parece que el número falla. “No has tenido mucha suerte en algunos aspectos de tu vida”, prosigue el fotocopistero. A mi no me gusta el ambiente que se está creando, me siento bastante incómoda, pero él sonríe y dice “Pero eres una mujer fuerte, luchadora, conseguirás cuanto desees, no debes preocuparte tanto, le das muchas vueltas a las cosas”. ¿En qué momento me había teletransportado a un tarot? Sonrío y llamo de nuevo al Indicador. Me dan otro número y el fax se envía rápidamente. ¡Estoy salvada!.

Pero no podía irme sin preguntarle cómo podía saber eso un fotocopistero. Él me miró sonriendo y me dijo: “nada es lo que parece”. No era justo, él me había descubierto, me sentía desprotegida, casi desnuda, así que me debía algo. Su firma. Le doy el periódico y el bolígrafo y él accede. Yo intenté analizarla, me inventé algunas cosas mirándola fíjamente mientras él no paraba de reirse. Era una firma abstracta, como la mía, pero con una clave oculta. “Son letras del alfabeto persa, pero transformadas” me ayudó. Algo de persa sí tenía su mirada. El hombre sin origen se había descubierto, es iraní y de una cultura riquísima.

Fax enviado. 1,30 euros. Me rasco el bolsillo y sólo consigo 1,15 de suelto, así que me dispongo a sacar un billete. El fotocopistero me coje la mano y dice: “no te preocupes, está bien”. Los dos hemos pasado un buen rato. Nos despedimos y me voy a casa. Por el camino no puedo parar de reirme y de pensar en lo surrealista que había sido todo, pero me gusta. Una experiencia que contar.

Por cierto, ¡el persa es muy difícil! mejor me quedo con la mirada gatuna … 😛