La ville grise

abril 1, 2009

Ha vuelto el frío y es culpa mía. Lo traje directamente de París, junto con alguna que otra Torre Eiffel de llavero y una taza rojo putón -claro- del Moulin Rouge (soy una víctima del marketing). Es curioso como para nosotros se presenta como la ciudad de la luz, del arte y del ‘amour’, y para ellos es simplemente ‘la ciudad gris’. Pero no os preocupéis, no fuí allí a buscar el amor, eso ya  lo llevaba puesto de casa. Sólo queríamos ver la ciudad y desconectar.

Aterrizó el avión y ya se notaba el frío. ‘La temperatura exterior es de 5º, espero que hayan disfrutado del viaje’, decía la vocecilla del avión. ¡No quería salir!. Con la bufanda enroscada al cuello y la maleta en mano nos dirigimos a la lanzadera que nos llevaría a la ciudad. Eso sí que es velocidad y no Renfe. En unos minutos estábamos andando por París, pero algo raro pasaba. Las calles estaban desiertas, no había coches ni gente. Nos sentíamos como en ’28 semanas después’ versión París. Todo el tramo hacia el hotel fue así de siniestro. De vez en cuando veíamos policía, renaults clío con la secreta … pero nunca supimos qué pasaba en realidad. ¿La huelga?, ¿los zombies? quién sabe.

El hotel, una cajita de cerillas. Tres estrellas en París es como un hostal cutre de aquí. Por lo menos era acogedor. En la recepción, cada minuto había una persona distinta, era como ir cambiando de hotel cada vez. En el ascensor cabíamos él, yo y la maleta incrustada entre los dos. La habitación era pequeña, pero tenía lo necesario: cama, lavabo y tele. La ventana daba a una pared así que… ¡descartada!. Visto y no visto. Fue llegar, descargar y marcharnos. Empezaba nuestra aventura en París, y esta vez , con gente en las calles.

El primer día fue toda una maratón. Siempre lo es. Decides que puedes ir a todos los sitios andando, porque están relativamente cerca, pero cuando haces el recuento,  llevas 8 horas sin descanso, con Louvre incluido. Luego decides coger el metro. Pero nuestra verdadera obsesión era encontrar un sitio bueno y no muy caro para comer, y dar con las panaderías típicas para comprar ‘croissants’ y pastas varias. Parece fácil, pero no lo es. París se ha convertido en la ciudad de los Starbucks, y además el IVA de restauración está a 19. Lo más barato, 20 euros. No estamos hablando de menú -que no existe-, sólo un plato y gracias. Y ni se os ocurra pedir agua, está por las nubes, ¡casi  5 euros!, algo parecido al café olé, que está a 4. Hay que aprender a pedir agua del grifo -nota mental-.

Lo que más me gustó de la ciudad fue la multiculturalidad. En Barcelona también la hay, pero no a todos los niveles, y no hay tanta mezcla. Allí es frecuente ver a negros trajeados y parejas compuestas de una blanca y un asiático o un negro. De hecho era difícil ver lo contrario. Y hablando de progreso, Notredame es la catedral del futuro. Celebra su misa con un equipo de alta tecnología: cámaras, televisiones, micros, altavoces… todo para que no te pierdas ni un detalle. El montaje está lleno de simbolismo: un plano de la cruz  fundido con el cura esparciendo el incienso, una panorámica del coro, etc. No daba crédito. Hasta en uno de los laterales de la catedral, había auriculares donde se podían escuchar los hits del coro, como lo hacemos en una tienda de discos. ¿No es genial?.

Eso sí, el metro es un asco: viejo, pequeño, el espacio mal aprovechado…  pero con los mismos frikis que amenizan el viaje en Barcelona. El mejor: un hombre mayor tocando un instrumento creado por él, de madera y con unas cuerdecitas, que recordaba el sonido de un chilófono. Pero eso no es todo. Los parisinos tienen alma suicida. La puerta del metro se abre con este en marcha y ellos bajan antes de que se pare. Era como un reto para mi probarlo, pero antes de hacerlo ya me veía en el suelo, así que decidí dejarlo. En los semáforos ocurre lo mismo: se pasa antes, en rojo y sin correr. A este carro sí me apunté, eso sí, corriendo.

Pero entre tanto parisino siempre encuentras a españoles. Niños que van de viaje de fin de curso, parejas que van para tener algo de pasión en su relación, ricos que van cada mes y que piden agua, postre y café… Y hasta alguno que vive allí desde hace años y añora su vida pasada. Este último nos preparó una cena exquisita y una charla de lo más deprimente. ‘París no es tan bonito, en cuanto ves la torre eiffel y sitios típicos, te encierras en una ciudad gris’. Y la verdad es que tenía razón. Te levantas y está nublado, hace frío, vas a trabajar y no ves el sol… entonces llega la noche y vuelta a empezar. Siempre he pensado que el tiempo podía cambiar nuestro estado de ánimo, pero a este hombre le había oscurecido el alma.

El primer día ya nos dimos cuenta de que como en casa, en ninguna parte, pero nos quedaban 2 días más. Disfrutamos de lo bonito que tiene  la ciudad, que es mucho, sin pensar demasiado en las nubes ni en lo que nos gastábamos, aunque el aire era irritante. La Torre Eiffel, los Campos Elíseos, Montmartre … un sueño en la mejor compañía. Además, nos perseguía el espíritu de Amélie ^^

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2 comentarios to “La ville grise”

  1. Holibu said

    Aaaaaaaaaaaah!!! Siiiiii!! Zombie’s Paris!!!! xD
    Ains… ante todo aquello gris, tu dabas la nota de color y alegria… te amo cariñu, para cuando el proximo viaje???

    PD.: Sigue asi cariñu! Te lo curras mucho! Manos de periodista, alma de escritora! Te amooo!

  2. BegoLoka said

    M’encantan tus relatos Rak!!!

    Pero a mi sique me gusta Paris, y tuve otra percepcion de la Belle Ville(como prefiero llamarla).

    Pasear por Montmartre, comer un crepe acompañado de una cidre bretona en alguna terraza, en primavera, eso si…puede ser algun dia viva alli y cambio el gotico barcelones por el Montparnasse boheme…

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