Sentirse medieval

abril 22, 2009

A veces soñamos con vivir en otra época, la de los castillos, las damiselas y sus caballeros. Ellos nos llevan a caballo en nuestra imaginación y sentimos el amor incondicional y verdadero. Aunque parezca mentira, nada está tan lejos de la realidad. Sustituyamos a los caballos por los coches o simplemente por un bonito paseo, y a los caballeros por los hombres que merecen obtener ese título. Algunas diran que no son muchos, pero la verdad es que existen, y son capaces de hacerte sentir una auténtica damisela.

Este fin de semana llevé a mi caballero al Castillo Medieval de Valltordera. Los tiempos cambian, está claro. Bajo un aspecto de castillo de cuento, se halla esta construcción de aires portaventureros en la que nos esperaba una cena y espectáculo al estilo medieval. A la entrada te ponían una corona estúpida y te hacías una foto con el Conde de Valltordera, un actorucho con pinta de macho español, que parecía estar harto de aquello. Bajabas por unas escaleras de cemento en las que había pequeños leds rojos -como en los cines- y entre los guiris de turno, llegabas al comedor.

Era una especie de estadio de fútbol, con gradas de colores, que daban a la arena donde se iban a celebrar los juegos florales y todo el espectáculo. De momento sólo entrenaba un bonito caballo. Esto ya parecía más medieval, desde luego.En la mesa había candelabros, palomitas y vino del malo. ¿Para comer? sopa y un pollo entero, que te servían las cocineras del castillo y debías comerte con las manos, mientras veías los juegos. Una auténtica experiencia. Son las 21.00h y empieza por fin el espectáculo.

Se apagan las luces y llegan los condes acompañados de una exhibición de caballos, que nos dan la bienvenida al castillo. Tras unas cuantas actuaciones sencillas de un trovador y la magia de un caballo bailando flamenco, llega por fin la hora de los caballeros. Era como un parchís; estaba el caballero azul, el amarillo, el verde y el rojo. Cada grada tenía un color, y a nosotros nos tocó el rojo -toda una suerte-. Después estaban los caballeros negros, que se identificaban como ‘los malos’, y fomentaban el odio en la grada.

Fue muy divertido. Es curioso como en seguida se establecían vínculos entre la gente de la grada roja y juntos apoyabábamos a nuestro caballero, el más chulo de todos, por cierto, pero también el mejor jinete.  Del mismo modo, odiábamos a los malos -excepto algunos que siempre van a contracorriente-, y abucheábamos a los otros colores (es el fútbol de la época). Es un sentimiento innato. Siempre nos identificamos con grupos: culturales, por edad o según gustos musicales. Así es en la vida real y también en los juegos.

Empiezan con algo light, cada caballero tenía que coger con su lanzas el máximo de cintas posibles -colgadas en el techo-. Los que ganaban, recibían unas flores rojas de la condesa, que los caballeros tiraban a una de las mujeres de su grada. Otro juego consistía en clavar la lanza en el corazón de un jabalí -de cartónpiedra-, y también había uno en el que tenían que darle a una palanca que movía unas bolas de fuego. Entretanto, los caballeros se regocijaban en su triunfo, los jinetes negros hacían fechorías a los demás, luchaban, y la gente gritaba con el pollo en la mano. Toda una aventura.

Ganó los juegos nuestro caballero, y también el azul -porque tenían a una afición italiana muy ruidosa-. Los caballeros eligen a una damisela de su grada y la presentan al rey. Todos brindan con vino, pero todo resulta una emboscada. Los negros vuelven a aparecer y luchan con espadas para quedarse el castillo. La condesa resulta ser una impostora guerrera oscura, se deshace de sus ropas y aparece como ‘Selena streaper’, vestida de cuero negro. El rey y las damiselas acaban en una jaula y sólo quedan dos caballeros nobles en pie: el caballero rojo y el azul. La lucha se traslada a las gradas, las espadas chispean y todo el mundo está en tensión, pero tremendamente emocionado.

Matan al caballero azul y nuestro caballero rojo finalmente acaba con ellos. A la supuesta condesa se la llevan en un carro, atada a un palo, y los demás son liberados. Esta vez no sólo estaba la grada roja con él, todo el mundo se une a la celebración del héroe, que ha luchado para honrar la muerte de sus compañeros. La gente aplaudía y se abrazaba. Yo miraba a mi lado y veía disfrutar a mi caballero del siglo XXI, con su pequeña cruz templaria tatuada en el antebrazo, y me sentí feliz. Me besó y supe que no necesitaba vivir en otra época para saber que eso era amor verdadero.

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3 comentarios to “Sentirse medieval”

  1. Ester said

    (L)
    me ha encantado 🙂

  2. Bego said

    Casi lloro con la ultima frase Rak!!

  3. Holibu said

    A tu lado cariño, la vida es como un cuento de princesas y caballeros, donde tambien hay sus dragones y mazmorras pero juntos podremos con ellos, viviremos felices y comeremos perdices porque ante todo: LA MAGIA EXISTE y cada vez que te beso, la noto. Te amo!

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